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Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto

27 de enero de 2016 0 Comentarios

Cada conmemoración de la liberación de los campos de concentración nazis, tras la derrota de Alemania, nos volvemos a horrorizar, sin duda, de lo que supuso esta barbarie humana, fruto del fascismo más atroz llevado a cabo por Hitler y su III Reich, en Alemania y gran parte de Europa.

Sin embargo, muchas personas, en la actualidad, desconocen que también fueron miles españoles, se calcula que unos 9000, entre hombres, mujeres y niños, los que vivieron y murieron entre las alambradas, las cámaras de gas y los crematorios en ese genocidio tan horrible que supuso el Holocausto. Entre los cuales se encontraban cerca de 400 víctimas cordobesas.

Entre el hambre, las enfermedades, los malos tratos y los trabajos realizados hasta caer exhaustos, era imposible que los prisioneros y prisioneras resistieran con vida más de seis meses. No importaba, serían sustituidos por otros deportados y deportadas que llegarían del Este de Europa o de España.

Desde luego, Hitler no fue el único responsable de la tragedia de estos miles de compatriotas en los campos de exterminio nazis; el régimen franquista no sólo era conocedor de estas atrocidades sino que las favoreció y alentó como sabemos, al sacar a los republicanos de los campos de prisioneros de guerra en los que se encontraban para enviarlos a Mauthausen mediante una orden dictada en septiembre de 1940.

Es evidente, que el gobierno alemán no sólo informaba puntualmente a Madrid de sus planes para deportar a los españoles exiliados sino que también, se dio tal grado de colaboración entre ambos regímenes fascistas durante la guerra que permitió incluso, que la Gestapo dispusiera de oficinas propias dentro de algunas comisarías de la policía franquista. La maquinaria del horror los unía y alentaba en su despropósito y barbarie.

No podemos olvidar la responsabilidad del Régimen franquista en la muerte de decenas de miles de judíos. El comportamiento del régimen ante el Holocausto fue la indiferencia; su connivencia con el nazismo le hacía ciego y sordo a las súplicas de las víctimas y a las demandas de los diplomáticos españoles que trataron de salvarlas o protegerlas y que fueron cesados fulminantemente por Franco en el momento que intercedieron por ellas.

Ya fueran compatriotas españoles republicanos, ya fueran judíos o gitanos, Franco se desentendió por completo, condenando a la muerte más cruel a decenas de miles de personas. A los judíos los ignoró por su simpatía con el régimen nazi y a los republicanos y republicanas por qué no eran dignos de ser “españoles” en esa concepción fascistoide de nación española que le caracterizaba lamentablemente.

Incluso así, la responsabilidad de tanto sufrimiento y muerte de miles de españoles y judíos, se puede extender además, al papel jugado por Francia y por las empresas alemanas y estadounidenses que colaboraron con Hitler y desde luego, a la Unión Soviética, quien, primero ignoró y luego traicionó a los deportados; sin olvidar tampoco, que para los propios Aliados, la liberación de los campos de concentración no fue ninguna prioridad.

Cuando nos preguntamos, cómo fue posible que ocurriera algo tan horrible en pleno siglo XX, no podemos sino, llegar a la conclusión de que para que unas personas sean capaces de causar tanto dolor y sufrimiento se necesita del silencio y la indiferencia de otras muchas personas, cuando no, de su aprobación, ya sea por motivos políticos, económicos o religiosos. Sin olvidarnos, por supuesto, del miedo o del terror que puede llegar a experimentar todo un pueblo, paralizándolo y anulándolo de tal manera, que lo imposibilita hasta para luchar por su propia vida.

Ante tanta barbarie vivida con total impunidad en nuestro país es inevitable recordar a Hemingway, que toma el título de su novela Por quién doblan las campanas, publicada en 1940, y basada en la Guerra Civil Española, de otra obra perteneciente a John Donne, y en la cual sostiene que:

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.”

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